Miedos infantiles: Cómo acompañar a un niño cuando tiene miedo
Hay algo que he aprendido al acercarme al mundo emocional de los niños: sus miedos no siempre hablan de aquello que parece asustarlos. A veces, detrás del temor a la oscuridad hay miedo a quedarse solo. Detrás de una pesadilla puede esconderse una inquietud que el niño no ha conseguido expresar durante el día. Y detrás de la resistencia a dormir, de las preguntas repetidas o de la necesidad de que alguien permanezca a su lado, puede haber una búsqueda profunda de seguridad.
Con frecuencia, los adultos intentamos tranquilizarlos diciéndoles que no hay nada que temer. Revisamos debajo de la cama, encendemos la luz, les explicamos que los monstruos no existen y esperamos que, después de nuestras palabras, el miedo desaparezca.
Pero me pregunto: ¿qué ocurre cuando, aunque el adulto sepa que no hay ningún peligro, el niño sigue sintiéndolo como si fuera completamente real?
Creo que ahí comienza una de las tareas más importantes de quienes acompañamos la infancia: aprender a escuchar el miedo sin apresurarnos a eliminarlo.
El miedo también forma parte de crecer
El miedo es una emoción necesaria. Nos advierte de posibles peligros, nos ayuda a reconocer nuestros límites y nos prepara para protegernos. En la infancia cumple una función especialmente importante, porque el niño está descubriendo un mundo que todavía no comprende por completo y del que depende, en gran medida, de los adultos que lo cuidan.
A medida que crece, su mundo se transforma y también lo hacen sus temores. En los primeros años pueden aparecer el miedo a separarse de sus figuras protectoras, a los desconocidos, a los ruidos inesperados o a la oscuridad. Más adelante pueden surgir preocupaciones relacionadas con la escuela, los accidentes, la pérdida de los padres, el rechazo de otros niños o la posibilidad de equivocarse.
No todos los niños sienten miedo de la misma manera ni con la misma intensidad. Algunos parecen explorar el mundo con mayor confianza; otros necesitan más tiempo, cercanía y acompañamiento para enfrentarse a lo desconocido. Y esto no significa que unos sean más fuertes que otros.
Me parece importante recordar que el miedo no es una falla del carácter, ni una señal de debilidad, ni necesariamente el resultado de una crianza inadecuada. Es una experiencia emocional que necesita encontrar un lugar donde pueda ser comprendida.
Lo que un niño não puede decir, a veces lo expresa a través de sus miedos
En ocasiones, los niños no cuentan directamente lo que les preocupa. Su capacidad para reconocer, organizar y comunicar sus emociones todavía está en desarrollo. Por eso, aquello que no logran poner en palabras puede aparecer de otras maneras: en el juego, en sus preguntas, en sus conductas, en sus sueños o en sus reacciones frente a determinadas situaciones.
Un niño puede comenzar a tener miedo de dormir solo después de un cambio familiar. Otro puede experimentar temor a que algo les suceda a sus padres cuando empieza a pasar más tiempo fuera de casa. También puede aparecer miedo a equivocarse cuando el niño comienza a sentirse especialmente exigido o preocupado por las expectativas de los demás.
Esto no significa que debamos interpretar cada miedo como el reflejo de un conflicto oculto. Sería apresurado y reduccionista. Pero sí considero importante no quedarse únicamente con el objeto que produce temor.
Quizás la pregunta no sea solamente: «¿A qué le tiene miedo?», sino también: «¿Qué está ocurriendo en su vida?, ¿qué cambios está atravesando?, ¿qué necesita y todavía no sabe cómo pedir?».
Escuchar estas preguntas nos permite acercarnos al niño más allá de la conducta que nos preocupa.
La seguridad no consiste en evitar todos los miedos
Como adultos, podemos sentir la tentación de proteger a los niños de cualquier experiencia que les produzca angustia. Queremos evitarles el sufrimiento y, muchas veces, hacemos todo lo posible para que no tengan que enfrentarse a aquello que les asusta. Sin embargo, proteger no significa eliminar todas las dificultades.
Cuando un niño encuentra un adulto disponible, que reconoce su miedo y lo acompaña sin ridiculizarlo, comienza a construir una experiencia fundamental: puede sentir temor sin quedar completamente solo frente a él.
La seguridad emocional no nace de la promesa de que nada malo ocurrirá. Se construye, poco a poco, a través de la experiencia de contar con alguien que escucha, contiene y ayuda a encontrar recursos para afrontar lo que sucede.
Por eso, frases como «no seas miedoso», «eso no es nada», «ya estás muy grande para tener miedo» o «si no te duermes, vendrá el monstruo» pueden terminar aumentando la angustia. Aunque a veces se pronuncien con intención de corregir o tranquilizar, transmiten al niño que aquello que siente no merece ser escuchado.
Acompañar implica algo distinto: reconocer su emoción, ayudarlo a diferenciar entre una amenaza real y una representación imaginaria y ofrecerle herramientas acordes con su edad para afrontar la situación.
No se trata de alimentar el miedo, pero tampoco de negarlo.
Los cuentos: una manera de acercarse a lo que asusta
Hay una razón por la que los cuentos han acompañado a la infancia durante generaciones. En ellos encontramos personajes que se pierden, que son perseguidos, que deben enfrentarse a criaturas desconocidas, que sienten miedo, que se equivocan y que, de alguna manera, encuentran una salida.
Los cuentos permiten que los niños se acerquen a experiencias difíciles desde una distancia simbólica. El peligro le ocurre al personaje, pero las emociones que despierta la historia pueden ser profundamente cercanas a las suyas.
Cuando un niño escucha un relato, puede identificarse con el protagonista, anticipar lo que sucederá, sentir tensión, experimentar temor y, finalmente, encontrar alivio cuando la historia llega a su desenlace.
Lo interesante es que, al repetir el cuento, el niño vuelve a recorrer ese camino emocional. Ya conoce el peligro, sabe que el personaje tendrá que enfrentarlo y puede detenerse en detalles que antes le pasaron inadvertidos.
La repetición no necesariamente significa que no haya comprendido la historia. Puede ser una forma de volver sobre una experiencia que necesita elaborar, reconocer y hacer propia.
Desde mi mirada, ahí reside una de las posibilidades más interesantes de la biblioterapia: los libros no tienen que ofrecer respuestas directas para convertirse en una compañía significativa. A veces, basta con que una historia le permita al niño reconocer algo de sí mismo en un personaje y descubrir que existen distintas maneras de atravesar aquello que le produce miedo.
Leer con un niño también es acompañarlo emocionalmente
No creo que la lectura deba convertirse en una tarea más dentro de la crianza, ni que cada cuento tenga que terminar en una lección o una explicación psicológica.
A veces es suficiente con leer juntos, detenerse en una ilustración, escuchar una pregunta o permitir que el niño vuelva a una página que le llamó la atención.
Podemos preguntarle qué cree que siente el personaje, qué haría si estuviera en su lugar o quién podría ayudarlo. Pero también podemos dejar que la historia termine sin interrogarlo, sin exigirle que hable de sus propios temores y sin convertir el momento de lectura en una evaluación de sus emociones.
La literatura abre posibilidades, pero el encuentro afectivo con el adulto es lo que puede hacer de esa lectura una experiencia de acompañamiento.
Por eso, cuando recomiendo un libro para abordar los miedos infantiles, no pienso solamente en el tema que trata. También me pregunto qué tipo de experiencia propone, cómo representa el temor, qué lugar les da a los personajes que necesitan ayuda y qué posibilidades ofrece para conversar sobre aquello que inquieta al niño.
No todos los cuentos sirven para todos los niños, ni todos los miedos necesitan abordarse de la misma manera. Elegir una historia requiere tener en cuenta la edad, la sensibilidad, las experiencias y el momento emocional de quien la va a leer.
¿Cuándo debemos prestar mayor atención?
Aunque el miedo forma parte del desarrollo, hay momentos en los que merece una atención especial.
Me parece importante observar cuando el temor comienza a interferir de manera persistente en la vida cotidiana: cuando afecta significativamente el sueño, dificulta la asistencia al colegio, limita las relaciones con otros niños, impide realizar actividades propias de su edad o produce un sufrimiento intenso.
También conviene prestar atención a los dolores de cabeza o de estómago recurrentes, a las pesadillas frecuentes, a la evitación constante de determinadas situaciones o a los cambios importantes en el comportamiento.
No se trata de alarmarnos ante cada manifestación de miedo, sino de comprender cuándo deja de ser una reacción transitoria y empieza a restringir las posibilidades del niño.
En esos casos, una valoración profesional puede ayudar a comprender qué está ocurriendo y qué tipo de acompañamiento necesita.
No necesitamos criar niños que nunca tengan miedo
Hay una idea a la que vuelvo con frecuencia: no necesitamos que los niños crezcan convencidos de que nada puede asustarlos. Necesitamos que puedan reconocer sus temores, expresarlos y descubrir que existen recursos para afrontarlos.
Quizás la valentía no consista en dejar de sentir miedo, sino en poder avanzar con él, sabiendo que no siempre tenemos que hacerlo solos.
Acompañar a un niño que tiene miedo exige paciencia. Exige tolerar que no siempre podamos ofrecer una explicación que lo tranquilice inmediatamente. Exige comprender que aquello que para nosotros parece pequeño puede ocupar un lugar enorme en su mundo interior.
Y, sobre todo, exige estar disponibles.
A veces, antes de apagar la luz, revisar debajo de la cama o prometer que no hay monstruos, lo que un niño necesita es escuchar: «Sé que tienes miedo. Estoy aquí. Vamos a descubrir juntos qué puede ayudarte».
Quizás los monstruos no desaparezcan esa noche. Pero el niño puede empezar a descubrir algo mucho más importante: que no tiene que enfrentarse solo a aquello que lo asusta.
Porque acompañar el miedo no significa enseñarle a un niño que nada malo puede suceder. Significa ayudarlo a construir la confianza necesaria para descubrir que, incluso cuando algo le produce temor, puede encontrar palabras, recursos y personas a las que acudir.
En Entre líneas me interesa explorar precisamente ese encuentro entre la literatura y el mundo emocional. Los libros pueden convertirse en puertas para conversar sobre aquello que a veces resulta difícil nombrar: los miedos, las pérdidas, los cambios y las preguntas que acompañan el crecimiento.
Andrea Sinisterra
Psicóloga clínica y biblioterapeuta